Improvisando en Hué

No era la primera ni la última vez que el Uruguayo se olvidaba su pasaporte, pero definitivamente fue una de las más divertidas. Durante las primeras dos horas de viaje en bus hasta Hué, literalmente lloramos de la risa. Con lágrimas, hipo, dolor de panza, todo. Algo que El Uruguayo hacía muy bien era reírse de sus propias desgracias.

Llegamos a Hué a las 10 de la noche y el Uruguayo compró un boleto para desandar todo el camino de vuelta a Mui Né. El bus salía en media hora. Comimos algo rápido en la estación y nos despedimos, una vez más, como si nos fuésemos a ver al día siguiente pero pensando que no nos íbamos a ver nunca más. Le grité “Nos vemos mañana” desde el andén, me di media vuelta y me fui de la estación pensando que estas despedidas se me estaban haciendo cada vez más difíciles.

Caminé de la estación al centro de Hué por unas callecitas oscuras, sucias y desiertas, pero había algo muy familiar y calmo en el aire. Me hospedé en un hostel cerca de la estación y compartí mi cuarto con dos chicas de Nueva Zelanda que tuve el placer de conocer recién a las 4 de la mañana, cuando volvieron a dormir totalmente borrachas.

De Hué tengo muy pocos recuerdos. En mi cuaderno de viaje le dediqué una sola frase: “Hué es una ciudad muy linda, con calles amplias y casitas estilo colonial, bordeada por el río del perfume”. No saqué ninguna foto, no leí nada sobre su historia ni hice los paseos turísticos que me proponían cada dos cuadras. El segundo día ya había recorrido todo el centro histórico varias veces. Sin embargo, cada vez que pasaba por un lugar sentía que nunca lo había visto antes, y al mismo tiempo, que ya lo había visto un millón de veces. Visité las tumbas reales, las pagodas, caminé por la vera del río del perfume y recorrí todos los mercados, siempre envuelta en una especie de somnolencia que no me dejaba terminar de disfrutar de las cosas. No se si era porque estaba viajando sola o porque la ciudad es muy tranquila, pero sentía que el tiempo era denso como el dulce de leche. Era una sonámbula caminando por Vietnam.

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Esa noche me puse el piyama a las 9 de la noche y me senté a comer fideos instantáneos en la cocina del hostel con la guía en mano, para planear mi próximo paso. Cuando me estaba a punto de comer el primer bocado de fideos, aparecieron las dos neozelandezas im-pe-ca-bles, listas para salir a vivir la noche de Hué (hay noche en Hué?) y destilando una energía envidiable.

– “ Hellooooo roomaaaaaaaateeee!”

La energía que destilaban se debía claramente a su nivel de alcohol en sangre. Las saludé con una sonrisa y volví a mi guía y a mis fideos.
-“Que hacés comiendo eso, roomate, vamos a comer algo decente”

-“No, gracias, estoy bien”

Las chicas no se conformaron con mi respuesta y se sentaron al lado mío, una de cada lado.

-“Dale roomate, siempre que te vemos estás durmiendo, salí con nosotras”

La situación me daba mucha pereza. No soy de confrontar mucho y menos con gente pasada de copas, pero estas chicas no parecían dar el brazo a torcer.

– “Estoy en piyama”.

Una de las chicas me miró de arriba a abajo, evaluando mi indumentaria: remera amarilla de varón, probablemente heredada de algún ex novio, jogging de Adidas descolorido y buzo con capucha. Su veredicto fue:

– “No estás tan mal”

La otra levantó los hombros como diciendo “a nadie le importa como estás vestida”.

Bueno, vamos.

Diez minutos más tarde estábamos comiendo en uno de los restaurantes más concurridos de la calle Tran Cao Van­. Pedimos el plato típico de la ciudad: Bún bò huế, una sopa de fideos bastante especiada y muy fragante que se hace, entre otras cosas, con sangre de cerdo. El plato era una exquisitez, el lugar era soñado y estaba lleno de gente joven. Y yo ahí, en piyama. El contraste con las dos rubias vestidas para el infarto era notable, pero seguía sin importarme. Ni siquiera el Bún bò huế con toda su fragancia podía sacudirme la sensación de desgano que tenía desde el segundo que pisé esa ciudad.

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Las neozelandezas no se iban a dar por vencidas conmigo. Me interrogaron sobre mi infancia, mi familia, mis amigos, mis deseos y aspiraciones, mis metas, mis resoluciones para año nuevo, mi signo del zodíaco y futuro destino geográfico. Después de horas de mucha cerveza y mucho análisis, decretaron que la cura para todos mis males era “un poquito de Hoi An”. Supuse que Hoi An era un bar, o alguna bebida alcohólica del lugar. Pero no. Hoi an era una ciudad a 150 kilómetros de Hué. Y querían salir en ese mismísimo momento.

Lo pensé durante unos diez segundos. Estaba cansada y desganada, tan apática que ni siquiera me había sacado el piyama para salir a comer. Mi cabeza y mi corazón me decían que vuelva a dormir, pero el resto de mi cuerpo me pedía a gritos que haga algo para sacarme de encima esta mochila de indiferencia.

Cuando dije que si, sentí una ola de adrenalina desde los dedos de los pies hasta la garganta. Buscamos nuestras mochilas y nos fuimos a la estación. Llegamos a Hoi An a las dos de la mañana.

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