Recalculando

El viaje a Saigón empezó mal.

La moto en la que yo viajaba estaba piloteada por una brasilera que claramente no le tenía miedo a la muerte, porque agarraba las curvas como si estuviese buscando darse de cara contra el asfalto. Varias veces la rueda de atrás derrapó y si yo no tiraba el peso de mi mochila para el lado opuesto, puedo afirmar casi con certeza que este blog nunca hubiese existido. A los 40 minutos de viaje yo ya había agotado mi cuota de adrenalina y aproveché una parada a cargar nafta para separarme del grupo. Me excusé diciendo que me había quedado con las ganas de conocer Hué (800 km al noroeste de Mui Ne, es decir, unas 10 horas de viaje) y que iba a desandar todo mi recorrido para visitar esa ciudad. Tenía tiempo y energía de sobra. El uruguayo tampoco parecía estar disfrutando del viaje en moto porque enseguida se ofreció a acompañarme.

– “Por seguridad viste, no me gusta dejarte viajando sola”

– “Pero ya estuve viajando sola”

– “Eso fue en China, acá es diferente”

(Poco después de llegar a Hué, el uruguayo me iba a dejar viajando sola sin una pizca de remordimiento para irse atrás de una vietnamita de pelo larguísimo).

 

El próximo bus a Hué salía a las 7 de la mañana del día siguiente. Estábamos en una ciudad de la que ni me acuerdo el nombre, lejos de todo y sin ningún atractivo turístico salvo por la cantidad de motos que amenazaban con matarte cada vez que ponías un pie en la calle. Caminamos un poco, comimos y buscamos un cuarto compartido en un hotel en donde no había ni un solo extranjero. El Uruguayo, siempre muy precavido, metió su plata, su cámara de fotos y su pasaporte en la caja fuerte. Yo me abracé a mi mochila, como hacía siempre que dormía en lugares que me daban miedo, y me quedé dormida.

A las 6:45 de la mañana abrió la cocina del resturant que estaba al lado del hotel. Entre sueños escuché como levantaban la persiana, el ruido del camión que seguramente traía la comida y la voz estridente del dueño del local. Abrí un ojo y vi que el cuarto estaba a oscuras, todo el mundo dormía. De repente, un pensamiento se me cruzó por la cabeza. Ni el Uruguayo ni yo teníamos reloj. Ninguno de los dos había puesto la alarma. Salí tambaleando del cuarto y miré el reloj de la recepción. 6:50 de la mañana. El bus salía en 10 minutos y no estábamos ni cerca de la estación. Desperté al uruguayo de un sacudón y le pedí un taxi al chico que atendía en la recepción, cuyo inglés era casi tan limitado como mi Vietnamita.

– “En taxi no van a llegar a ningún lado. Acá la gente se mueve en moto” (o algo así entendí yo). Sin darme tiempo a procesar lo que me estaba diciendo, el chico se asomó a la puerta y le hizo un gesto con la mano a alguien que pasaba por la calle. En menos de cinco segundos teníamos dos motos con sus respectivos conductores esperándonos en la puerta. El uruguayo apareció con la mochila abierta, descalzo y con las zapatillas en la mano. Pagamos una pequeña fortuna y nos subimos a las motos, que salieron disparadas para la estación.

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Además de las motos, te encontrabas con este tipo de cosas

El viaje en moto con estos dos individuos se merece un capitulo aparte, porque duró menos de 8 minutos pero vi mi vida entera pasar frente a mis ojos unas 40 veces. El viaje con la brasilera me parecía ahora un crucero por el Caribe comparado con lo que estaba viviendo. Había tanto tráfico y mi conductor manejaba de manera tan errática que más de una vez tuvo que usar sus piernas para empujarse contra las otros autos y evitar caernos al piso o estrellarnos contra alguna otra moto. El uruguayo estaba abrazado a su conductor como un koala. Después me confesó que solo pudo volver a respirar una vez que tuvo las dos piernas bien lejos de esa moto. Poco tiempo después estábamos llegando sanos y salvos a la estación.

Corrimos hasta el andén, el bus ya había terminado de cargar los bolsos y estaba esperando que se despeje un poco el tráfico para salir marcha atrás. Cuando lo alcancé, le di un par golpes a la puerta con la palma de la mano y el chofer nos abrió. Transpirados y triunfantes, levantamos nuestros boletos.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos con nuestras mochilas encima, ya que no habíamos tenido tiempo de meterlas en el baúl. A mi no me importaba nada, estaba cansada y teníamos un viaje de -solamente- 12 horas por delante.

Cerré los ojos y me dejé acunar por los pozos de las calles vietnamitas hasta caer en un sueño tranquilo.

Habían pasado más de cuatro horas de viaje cuando el Uruguayo me despertó.

-“Flopi, despertate”

-“Qué pasó?” (supuse que estaban sirviendo el almuerzo o algo así)

-“Tengo un problema” (dijo con voz temblorosa y cara de pánico)

-“Qué pasó?” (Ahora yo estaba genuinamente preocupada)

-“Mi plata, mi cámara de fotos, mi pasaporte…”

El Uruguayo se había olvidado todos sus objetos de valor en la caja fuerte del hotel.

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  1. teodelinab says:

    Es la segunda vez! Que se tatue el pasaporte!! Jajaj

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