Expectativas en Halong Bay

“Esto parece un cuadro de Van Gogh”- dijo el uruguayo, con los ojos medio cerrados por el sueño, sosteniendo un vasito de plástico con café instantáneo.

Después de bajar mi mochila del ómnibus que nos había llevado hasta Halong Bay, a unas 3 horas y media de Hanoi, me senté al lado del uruguayo para ver el paisaje. Unos enormes islotes emergían del agua turquesa, salpicada de barcas vietnamitas tradicionales enmarcadas por el sol naranja de las 7 de la mañana. Felicité al uruguayo por su muy atinada comparación del paisaje con un cuadro impresionista.

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Habíamos contratado un tour de dos días en un barco que nos iba a llevar a recorrer la bahía de Halong, patrimonio de la humanidad desde 1994 y una parada obligatoria cuando se visita Vietnam. Era uno de los tours más baratos (si mal no recuerdo, creo que pagamos unos 30 dólares por persona) e incluía transporte desde tu hotel en Hanoi hasta la bahía, todas las comidas, agua, alquiler de kayak y un trekking por un parque nacional.

Considerando todas las cosas que supuestamente incluía, este tour era sospechosamente barato, y nuestras sospechas fueron justificadas por varias historias de otros turistas que habíamos conocido en Hanoi. Una española nos contó que le habían robado la cámara de fotos de adentro de la mochila que estaba en su camarote, que ella había cerrado con llave. Un italiano nos dijo que nunca los llevaron a andar en kayak ni a caminar por el parque nacional. Dos chicos de Estados Unidos nos contaron que su barco estaba lleno de ratas. Por último, una taiwanesa nos contó que cuando pararon a visitar un parque nacional, ella se perdió y el barco se fue sin ella, dejándola sola, sin plata, sin mochila y sin pasaporte. Estuvo en la isla hasta que un alma caritativa la encontró y la llevó hasta Hanoi, donde pudo contactar a la agencia que le vendió el tour y recuperar sus cosas. Por suerte, su mochila estaba intacta. Solo faltaban la cámara de fotos, las tarjetas de crédito y 300 dólares en efectivo.

Era imposible hacer oídos sordos a todas esas historias de terror, pero el uruguayo y yo confiábamos en la suerte que habíamos tenido hasta ese momento. Embarcamos, entonces, contentos pero a la defensiva.

Éramos unas 20 personas amontonadas en el comedor del barco cuando el capitán se presentó y nos explicó las medidas de seguridad. Acto seguido, aparecieron dos hombres con planillas para tomar nota de nuestros nombres y apellidos. Empezaron por el uruguayo, que estaba sentado en la punta de una de las mesas: “pasaporte por favor”. El uruguayo miró alrededor y vio que el otro hombre estaba recolectando los pasaportes del resto de los pasajeros y se los guardaba en un bolsito.

-“No. Mi pasaporte se queda conmigo”.

La discusión que le siguió a esa tajante respuesta fue tan larga que le dio tiempo al otro hombre para dar toda la vuelta y recolectar los pasaportes de todos los pasajeros del barco, inclusive el mío, que le alcancé totalmente resignada y sin decir una palabra. Mientras tanto el uruguayo seguía firme con su decisión y al buen hombre se le habían acabado los argumentos, así que le pidieron sacar una fotocopia y el uruguayo los acompañó hasta la fotocopiadora sin despegar los ojos de su preciado pasaporte.

El viaje en barco duró todo el día, con paradas en unas cavernas y una playa, a la que había que llegar en kayak desde el barco. Como no había suficientes kayaks para todos, algunos tuvieron que bajar a la playa nadando y otros eligieron quedarse en el barco. A la noche comimos, tomamos unas cervezas y nos fuimos a dormir.

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A la mañana siguiente me desperté con lo que parecía ser el ruido de algo pesado cayendo al agua. Abrí un ojo y por la ventana de mi camarote alcancé a ver como, efectivamente, alguien estaba tirando cosas por al borda. Todavía en la fina frontera que separa el mundo real del mundo de los sueños, me imaginé que estaban tirando las mochilas de todos los pasajeros al agua para alivianar el peso del barco. El hecho de estar durmiendo literalmente al lado de mi mochila no evitó que salga del cuarto en piyama y suba la escalera corriendo para evitar esa catástrofe. El sol me pegó en la frente como una plancha de vapor prendida. Había muchos pasajeros tomando sol y desayunando afuera que no estaban haciendo nada para detener al que estaba tirando las mochilas por la borda, simplemente porque nadie estaba tirando las mochilas por la borda. Lo que yo escuchaba caer al agua eran los mismísimos pasajeros, que se estaban tomando turnos para saltar del segundo piso del barco al agua tibia de la bahía de Halong.

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Cuando me terminé de despertar volví a mi cuarto, me cambié, subí al segundo piso del barco y salté. Por supuesto que me arrepentí en la mitad de la caída y lo que imaginé que iba a ser un salto ornamental y agraciado terminó siendo la versión humana de una araña aplastada contra un vidrio. Todavía tengo agua en el oído de aquella vez que salté del segundo piso de un barco al agua tibia de la bahía de Halong.

El paseo siguió sin mayores contratiempos. Un par de horas antes de bajar del barco nos devolvieron a todos los pasaportes (menos al uruguayo, que en ningún momento del viaje estuvo a menos de un metro de su pasaporte) y nos despidieron con una sonrisa. En el viaje de vuelta a la ciudad, el uruguayo me dijo que la pasó muy bien porque estaba esperando pasarla mal:

– “Si hubiese estado esperando pasarla bien, me hubiese parecido que el barco era incómodo, la comida escasa, las actividades aburridas…pero como mis expectativas estaban al ras del piso por culpa de todos los cuentos de terror que escuchamos antes de hacer este tour, me dediqué a mirar sólo lo bueno”.

El uruguayo acababa de descubrir el secreto de la felicidad.

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One Comment Add yours

  1. teodelinab says:

    La versión humana de una araña aplastada contra un vidrio, jajajaja te visualicé perfecto!! Me hiciste reír

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