Cruzando la frontera

Cuando llegué a Pingxiang me encontré con un uruguayo pálido, ojeroso y visiblemente consternado.

-“Este lugar es una pesadilla”, me dijo antes de que yo le pudiese hacer un comentario sobre su aspecto desgreñado y su cara de no haber dormido. Mientras caminábamos juntos el trecho que separaba la estación del control fronterizo, el uruguayo me relató una anécdota que parecía sacada de una película de terror.

Resulta que nosotros nos movíamos libremente por un país desconocido porque éramos adolescentes e ignorábamos la gran mayoría de las problemáticas mundiales. Yo era muy ingenua y pensaba que todas las personas eran intrínsecamente buenas, decentes y dignas de confianza. Sospechaba, si, de la existencia de un mundo en donde la gente hacía cosas aberrantes a cambio de un poco de plata; pero nunca pensé que esas cosas estaban pasando todo el tiempo alrededor nuestro, acechándonos, midiéndonos desde las sombras, esperando el momento de manifestarse.

Ese día el uruguayo había aprendido a la fuerza que hay gente muy de mierda y gente que está desesperada del hambre o la pobreza. Cuando la gente de mierda se encuentra con un desesperado, nace una aberración. Por suerte el uruguayo es lo menos parecido a una persona de mierda que existe, porque en Pingxiang hay un alto índice de personas desesperadas por el hambre o la pobreza.

A los 20 minutos de hacer el check in en el hotel a donde iba a pasar la noche, el uruguayo sintió que alguien abría la puerta de su cuarto. Se escucharon los gritos de una mujer que parecía estar dando una orden, y el llanto de una chica que no debía tener más de 10 años. Cuando el uruguayo se acercó a la puerta para ver lo que estaba pasando, la mujer empujó a la chica adentro del cuarto y cerró la puerta. La chica tenía puesto un vestido negro muy cortito y estaba muy maquillada, pero como había estado llorando parecía que la habían pintarrajeado con un crayón. El uruguayo le preguntó qué estaba pasando, pero la chica no hablaba inglés y no paraba de llorar. En ese momento, la mujer volvió a abrir la puerta y le dijo algo a la chica que la hizo llorar más fuerte. Cuando la mujer cerró la puerta, la chica empezó a desvestirse.

Recién ahí, el uruguayo entendió que la chica era una prostituta de 10 años de edad. Que él era un gringo, que tenía dólares, y que los gringos con dólares que duermen en hotelitos de frontera tienden a estar interesados en el turismo sexual. Y que la señora que empujó a la chica dentro del cuarto era una madre desesperada o una proxeneta que había pagado buen dinero para comprar el cuerpo de esa chica. El uruguayo se sobresaltó, le hizo un ademán para evitar que la chica se saque la ropa, abrió la puerta y le pidió a la chica que se vaya, mientras negaba con la cabeza y decía “muchas gracias pero no estoy interesado”, porque fue lo primero que se le ocurrió decir. La mujer, que esperaba al final del pasillo, se abalanzó sobre la chica impidiéndole salir del cuarto, mientras que el uruguayo la empujaba suavemente para afuera y seguía negando con la cabeza.

Aparentemente esta escena siniestra se extendió durante un par de minutos y fue interrumpida por el que suponemos era el dueño del hotel, que le propinó a la mujer unos gritos nada sutiles. El que suponemos era el dueño del hotel se disculpó y cerró la puerta, pero al uruguayo le costó mucho olvidarse de la cara de la chica. Al día siguiente fue a denunciar lo que le había pasado a uno de los policías que caminaban por la calle. El hombre le agradeció y siguió caminando, dejándolo impotente frente a una situación que lo excedía. Me acuerdo que cuando me contó esta historia, yo sentí que ese mundo en donde la gente hace cosas aberrantes a cambio de plata estaba empezando a manifestarse y todo me empezó a dar un poco de miedo. Quería irme de esa ciudad lo antes posible.

Llegamos a la frontera con los pasaportes en mano y nada que declarar. No había mucha gente; la mayoría eran locales pero había algunos mochileros desparramados por ahí.

Yo pasé primera. El hombre miró mi pasaporte, miró mi cara, miró mi pasaporte y mi cara una vez más. Buscó la visa, miró la hoja a contraluz, miró mi cara, miró la foto del pasaporte. Luego estampó el sello, me extendió el pasaporte y me hizo un gesto con la cabeza para que me salga inmediatamente de su vista. Yo pasé mi mochila por el escáner y seguí caminando, dejándole el turno al uruguayo.

Paré a los pocos metros para guardar el pasaporte en la mochila y cuando me di vuelta, noté que el uruguayo estaba siendo interrogado.

Me acerqué un poco para poder escuchar lo que estaban diciendo pero sólo llegaba a escuchar la voz del uruguayo repitiendo “soy yo”. Le grité desde el otro lado de los molinetes:

-“¿Qué pasa?”

-“La foto del pasaporte es vieja” me contestó, también a los gritos.

No se si nuestro tono de voz o el hecho de estar hablando en un idioma extraño llamó la atención de uno de los policías, que se acercó a preguntar qué estaba pasando. Los dos hombres miraban el pasaporte y hablaban entre ellos.

De repente, el policía le pidió al uruguayo que lo acompañe. Yo no podía pasar de vuelta pero vi como se lo llevaban al otro extremo del lugar, donde había una mesa larga de aluminio. Caminé con mi mochila hasta donde estaban ellos, pero siempre desde el otro lado de la barrera de seguridad, que no podía volver a cruzar.

El policía le pidió al uruguayo que saque sus cosas de la mochila y las ponga sobre la mesa.

Volví a gritarle:

-“Te van a hacer desarmar la mochila?” Estaba muy irritada, me quería ir de ese lugar.

Los dos hombres me miraron. El uruguayo no contestó.

Me senté con la espalda apoyada en la pared y saqué un libro porque supuse que íbamos a estar ahí un rato largo. Pero cuando estaba por empezar a leer escuché que uno de los policías estaba gritando, y cuando levanté la vista lo vi al uruguayo gesticulando y tratando de explicar la presencia de una bolsita tipo ziploc en uno de los bolsillos internos de su mochila. Se me hizo un nudo en la garganta. El uruguayo estaba tratando de pasar una bolsa de marihuana por la frontera.

En menos de 20 segundos ya había más de cuatro policías rodeándolo y haciéndole preguntas. Yo me había parado y no sabía bien si acercarme o salir caminando para el lado contrario. Si me acercaba, corría el riesgo de ir a la cárcel como cómplice del uruguayo. Si me retiraba silbando bajito, probablemente iba a vivir acechada por la culpa. Lo pensé durante un segundo y decidí que en mi balanza de valores pesa más la culpa que la cárcel.

Me acerqué casi corriendo a donde estaba el uruguayo justo en el momento en que uno de los policías estaba abriendo la bolsita y metiendo la nariz adentro. El uruguayo lo miraba tapándose la boca con el puño cerrado y yo, que cuándo tengo mucho miedo generalmente insulto, le grité que era un imbécil sin cerebro y que se merecía ir a la cárcel por estúpido.

Él se dio vuelta, me miró frunciendo el ceño y con el tono de voz más calmo del mundo me dijo:

-“¿A la cárcel por tomar mate?

-“Ah…. eso es yerba? Yerba mate?”

-“¿Qué pensabas que era?”. No esperó mi respuesta porque saltaba a la vista que yo pensaba lo mismo que los policías “Ah no, vos mirás demasiadas películas, Florencia”.

Yo estaba roja de vergüenza.

Una vez que los policías olieron la yerba se dieron cuenta que no estaban tratando con un traficante de marihuana, pero querían saber que tipo de droga era esa. Lo vi al uruguayo abriendo su matera y sacando todos los elementos para armar un mate, mientras explicaba el proceso en inglés. Los policías estaban intrigados.

-“Es como un té que en vez de tomar en una taza se toma en esto” decía el uruguayo mientras cebaba un mate a modo de demostración con el resto de agua tibia que le quedaba en el termo.

– “Oooohhh” decían todos al unísono.

Durante un segundo me abstraje de la situación y me pareció una escena surreal, algo que no hubiese creído si me lo hubiesen contado. Me acordé de lo que le había pasado al uruguayo la noche anterior y me volvió a doler el chichón que me salió cuando me pegué de frente con la realidad. Pero ese malentendido con la policía China devenido en encuentro a favor de la tolerancia cultural fue como un bálsamo para la herida, como una aspirina de esperanza.

Al poco tiempo le sellaron el pasaporte y lo dejaron pasar. Estábamos en Vietnam.

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