De rastafaris y cormoranes

Después de haber viajado durante 24 horas, con hambre, sed, sueño y padeciendo una mochila de 14 kilos cosida a la espalda, lo único que quería era encontrar una cama y un baño en condiciones. Pero en la calle nadie hablaba inglés y por la tanto nadie sabía indicarme donde dormir, donde comer, donde dejar la mochila y sacudirme la capa de mugre que había estado acumulando desde el día anterior.

Cuando el sol se estaba escondiendo atrás de las montañas (montañas que parecían haber caído del cielo, como si hubiesen sido puestas ahí momentáneamente y no tuviesen ningún interés en fundirse con la tierra) vi un pequeño hostel. No quería ni saber si era lindo o cómodo, sólo necesitaba saber el precio. Dos dólares la noche me pareció razonable. La amable recepcionista me acompañó hasta mi cuarto, que tenía la puerta abierta. Después de mirar rápidamente el estado de la cama y el baño, le di las gracias y le pedí la llave. La mujer me miró confundida, negó con la cabeza y me señaló el agujero que había en el lugar donde debería haber estado el picaporte. En ese momento sólo quería bañarme, comer y dormir hasta la semana siguiente, asi que le dije algo así como “todo bien, no te preocupes” y me metí en la ducha sin darle mucha importancia al asunto.

IMG_1553-2

Después de bañarme me asomé a la ventana del cuarto y miré las calles vacías y oscuras, preguntándome a donde podría conseguir algo de comer. En el aire frío de la noche flotaba una melodía que reconocí al instante. Agucé el oído. Si, era “Sun is shining”. En una ciudad perdida en el mapa de China, alguien estaba escuchando Bob Marley. Junté todas las fuerzas que me quedaban y seguí la música.

No tuve que caminar mucho para llegar al bar de donde salía la música, que estaba lleno de locales con rastas hasta la cintura. Me sorprendió ver tantos rastafaris en China porque siempre me pareció que los chinos no suelen tomar prestadas muchas cosas de los occidentales, salvo raras excepciones dentro de la cultura pop. Es por eso que en el contexto en el que estaba me parecía surreal ver tantos colores, barbas crecidas, rastas y banderas jamaiquinas colgando del techo.

IMG_1557Apenas entré al bar y me senté en la barra, el chico que estaba sentado al lado mio me pagó la cerveza sin ningún tipo de intención romántica, sino para practicar su inglés. Yo estaba feliz porque hasta entonces no había tenido la oportunidad de mantener una conversación fluida con un local, y este simpático rastafari llamado “Wu Shen” era extremadamente verborrágico. Me contó que el nombre de su hermano mayor (rastafari como él) era Wu Kong y me explicó que Wu era en realidad su apellido, pero que siempre lo dicen antes del nombre porque la familia para ellos es muy importante. Sus nombres tenían un significado muy profundo: mientras que “Shen” significa algo así como “espiritual” o “reflexivo”, Kong significa “grande” o “glorioso” (Si, Hong Kong vendría a ser algo similar a “gran puerto” y King Kong es…bueno, un gorila muy grande). Haciendo honor a su nombre, Wu Shen era tranquilo y hablaba lento, en un tono de voz muy agradable que a veces me constaba escuchar debido al volumen de la música. Decidió aprender a hablar inglés cuando su padre, que trabajaba en un hotel el Shanghai y volvía a su casa una vez por mes, trajo un casette de Bob Marley que algún huésped había dejado olvidado. Shen y su hermano se sintieron inmediatamente atraídos a esas melodías enigmáticas de tierras distantes y tan diferentes a la suya. Ahí fue cuando empezó la etapa rasta de sus vidas, ala temprana edad de 9 y 12 años respectivamente. En aquella época vivían con su mamá en un pueblito cerca de Shanghai pero varios años mas tarde, cuando escucharon hablar de Yangshuo y su cultura relajada, decidieron mudarse allí. Después fue solo una cuestión de tiempo hasta que conocieron más gente que, como ellos, se sentían atraídos a la música y los principios de libertad e igualdad que proclama Bob Marley para ir formado de a poco una pequeña comunidad rastafari en el sur de China.

Shen hizo una breve pausa en su relato y me preguntó si estaba con hambre. Yo estaba tan entretenida con la conversación que no me había dado cuenta del hambre que tenía, pero si, necesitaba ingerir algo que no sea cerveza. Shen me llevó al mercado local, que está abierto hasta la medianoche y donde es posible apreciar los más sabrosos manjares, tales como escorpión, paloma, caracol de rio, grillos, arañas y hormigas entre otros insectos. Todos los bichos estaban vivos hasta que uno los elegía y vendedor lo freía frente a los ojos del comensal en una gran olla de aceite hirviendo.

IMG_1795

Shen me explicó que supuestamente todos esos insectos tienen propiedades curativas o medicinales (aunque sinceramente no creo que comer hormiga frita sea muy saludable) asi que elegí un par de grillos, unos caracoles, un puñado de hormigas, unas algas y una porción de arroz. Sinceramente no recuerdo el gusto de ninguno de esos bichos. Todo era crocante y todo tenía mucho gusto a salsa de soja y a cerveza, porque seguíamos tomando cerveza como si fuese agua. El mercado ya había cerrado hace un rato largo cuando Shen me dijo que tenía que irse a su casa. El único puestito que seguía abierto era el de la cerveza, que sospecho estaba abierto por nosotros, porque éramos las únicas dos personas sentadas en la plaza. Me despedí de Shen y estaba camino a mi hostel cuando en un rapto de lucidez me acordé del suizo. Corrí entonces hasta su hotel (no se por qué corrí, era evidente que el suizo estaba durmiendo) y le dejé un mensaje a la recepcionista con mi dirección. Volví al hostel tarde y con varias cervezas encima. El cuarto estaba frío, oscuro y la puerta estaba abierta de par en par. Traté de cerrarla pero, como mencioné anteriormente, no tenía picaporte. En ese momento y por primera vez en todo mi viaje por China, sentí mucho miedo. Estaba sola, en un lugar que no conocía, le había dado mi dirección a personas de las que no sabía casi nada y estaba cargando toda mi plata y mis documentos en una mochila guardada en un cuarto sin picaporte. Sin embargo, las cervezas y las 24 horas de viaje fueron más fuertes que el miedo: metí una zapatilla a presión entre el piso y la base de la puerta para mantenerla cerrada. Mientras trataba de convencerme que viajar por China no era más peligroso que vivir en Buenos Aires, me puse el piyama y me fui a dormir.

A las 4:30 de la mañana me desperté sobresaltada. Alguien estaba tratando de entrar dando fuertes patadas en la puerta. La zapatilla había empezado a ceder y la puerta ya estaba casi abierta. Salté de la cama, busqué mi plata y mi pasaporte en plena oscuridad y tiré todo abajo del colchón con el corazón latiéndome en la boca. Después me quedé un segundo quieta, esperando que paren los golpes de la puerta y yo tenga que gritar, atacar o defenderme. En el silencio de la noche escuché un débil:

-“Ey, Florencia, estás durmiendo?”

Era la voz del suizo. Suspiré aliviada.

-“¿Estás loco?” le dije mientras tiraba de la zapatilla que estaba trancando la puerta

-“Casi me matás de un susto”. Aparentemente él había tocado en la puerta muy despacito, pero como yo estaba durmiendo profundamente no lo escuché. Cuando él se dio cuenta que la puerta no tenía picaporte y trató de entrar, la zapatilla que estaba atascada del lado de adentro le impidió el paso y tuvo que empezar a golpear para destrabarla. Ahí aprendí que cuando una puerta no tiene cerradura se puede trabar perfectamente con una zapatilla de lona, y que los suizos no son tan neutrales como dicen ser.

-“Perdón, es que estamos llegando tarde” me dijo.

-“¿Tarde? No son ni las cinco de la mañana, dije mirando la pantalla del teléfono que había en el cuarto.

-“Ya es muy tarde” me dijo terminando de abrir la puerta. Ponete las zapatillas y vamos.

-“Pero estoy en piyama”

-“No hay problema, ponete eso encima que hace frio” dijo señalando mi bolsa de dormir.

Salí del hostel corriendo atrás del suizo con cara de quien fue despertada a los golpes, en piyama de ositos azules y enrollada en una bolsa de dormir. Una niebla espesa cubría la ciudad como un pañuelo. Afuera nos esperaba un moto-taxi que el suizo había contratado desde su hotel y que nos llevó a la orilla del río Li, de donde caminamos durante unos 20 minutos hasta un pequeño muelle. Con las primeras luces del amanecer se podían empezar a vislumbrar las siluetas de los pescadores dibujadas sobre sus balsas de bambú preparando las redes para empezar a pescar. En todas las balsas podía ver dos pájaros enormes acicalándose tranquilamente a la espera de comida.

El suizo empezó a preparar su equipo de fotografía sin pronunciar una palabra, mientras yo buscaba en el paisaje el motivo que lo había llevado a sacarme de la cama a las cinco de la mañana. Todo bien, las montañas saliendo del agua, los pescadores con sus típicos sombreritos de paja y el sol naranja y rojo pintando el rio, todo eso era muy pintoresco, pero no era “el espectáculo más increíble que iba a ver en mi vida” y ciertamente ese paisaje no justificaba el arrebato del suizo. Además, ni siquiera estaba sacando fotos. Esperé casi 20 minutos en silencio, con los pies congelados y el estómago rugiendo hasta que uno de los pescadores soltó un grito que retumbó en las montañas. El suizo se acomodó frente a su cámara y susurró:

-“Es ahora”

De repente todo empezó a tener sentido. Al grito de uno de los pescadores, los pájaros que estaban posados sobre las balsas estiraron sus alas y salieron disparados hacia el agua. Con una destreza y una sincronización asombrosas, los pájaros salían del río con un pez en el pico, lo depositaban en el barco y volvían a sumergirse como flechas en el agua. Al mismo tiempo, los pescadores extendían sus redes sobre la piel del agua y sacaban de una sola vez kilos y kilos de peces. Los pájaros se apuraban para volver al agua y atravesaban la superficie del río, emergiendo con los peces brillantes en el pico y dejándolos caer en las balsas de los pescadores. Las montañas negras se reflejaban en el agua teñida con los colores del cielo, el chapoteo de los pájaros en el agua, los gritos de los pescadores , el olor del río, la niebla y el rocío del amanecer lograron que me olvide del sueño y el frío. No se cuánto tiempo estuve ahí mirando la escena con la boca abierta, pero la imagen quedó grabada en mi cabeza junto con el persistente “click click click” de mi amigo, que consiguió inmortalizar ese momento en alta definición. Era, sin duda, el espectáculo más increíble que había presenciado en mi vida.

Cuando todo terminó, el suizo tenía la expresión del que ya encontró lo que había venido a buscar. Guardó su cámara y desanduvimos el camino que habíamos hecho a la ida. El suizo me explicó que los pájaros que habíamos visto eran cormoranes y que hace 1300 años que los japoneses y los chinos entrenan estos pájaros para ayudar a los pescadores. El entrenamiento empieza el mismo día en que los pájaros salen del huevo y, de la misma manera, el pescador es instruido desde muy joven para ser entrenador de cormorán. Ellos usan un lenguaje único que sólo sus propios pájaros entienden para indicarle cuándo es el momento de sumergirse en busca de peces. Antiguamente la ciudad entera comía los pescados que estos viejitos conseguían pescar en sus balsas de bambú, pero hoy en día la pesca se realiza con barcos enormes en Guilin y la pesca con cormoranes está cerca de la extinción. Sólo se puede ver en algunas partes de China y en la región de Gifu, en Japón, a donde Charly Chaplin fue dos veces solamente para ver ese espectáculo: “la pesca con cormoranes es un poema y los pescadores son poetas”, dijo.

Algunos pescadores aún continúan pescando para vender, pero trabajan muy temprano a la mañana o tarde por la noche. Los pescadores que trabajan al mediodía generalmente viven del dinero del turista y el espectáculo que ofrecen no es ni parecido con lo que yo acababa de presenciar.

-¿Y? ¿Valió la pena? me preguntó el suizo para romper el silencio. Yo, que todavía estaba procesando el haber sido testigo de ese ritual milenario, le respondí con una sonrisa.

-Yo te dije que no te ibas a arrepentir.

El itinerario de mi viaje fue a parar inmediatamente a la basura.

*Este relato se puede leer en el libro “Quería ter ficado mais“, de la editora Lote42, que reúne anécdotas de viaje de diferentes partes del mundo contadas por mujeres (en portugués)

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s