Camino a Yangshuo

China no es un país para improvisar. Al mes de haber llegado ya había perdido varios trenes, había dormido en un telo por no tener a donde ir y había probado cualquier cantidad de animales exóticos por no entender el menú.

Basta. No podía seguir así.

Mientras viajaba en tren de Shanghai a Guilin, en el sur del país, decidí organizarme y planear meticulosamente el resto de mi viaje. Saqué un mapa de la mochila y marqué todas las ciudades que tenía ganas de conocer, investigué en mi guía que era lo que había en cada ciudad y me tres o cuatro opciones de alojamiento en cada lugar. Después de dos horas de viaje tenía mi cuaderno lleno de notas y el corazón contento. Todavía me quedaban unas diez horas que transcurrieron a paso de caracol, mientras miraba por la ventana como iba cambiando el paisaje, con la espalda recta y las rodillas rozando las rodillas de la mujer que tenía sentada enfrente.

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Guilin se jacta de ser una ciudad turística, pero no tiene ni un solo cartel en inglés. De no haber tenido una guía con las palabras mas importantes traducidas en caracteres chinos, nunca hubiese sabido donde quedaba el baño o la terminal de ómnibus. Los Chinos son muy cordiales y sonríen todo el tiempo, pero la mayoría de los habitantes de Guilín no entendía ni mis palabras ni mis gestos. Para comprar boletos de tren, por ejemplo, tuve que aprender a contar con los dedos como cuentan los chinos. Los primeros cinco números son iguales a los nuestros: el dedo índice es uno, el índice y el del medio son dos, y así sucesivamente. Pero con el número seis ya cambia todo: no se muestran una mano con los dedos extendidos y la otra cerrada en forma de puño con el pulgar estirado, sino que hacen un gesto parecido al que hace los surfers, con la mano cerrada estirando solo el meñique y el pulgar. Tardé un tiempo considerable en darme cuenta que la mujer que vendía los boletos no me estaba diciendo “pura vida”, sino que el tren salía a las seis. Los otros números también son bastante confusos: el siete parece ese gesto que hacemos cuando no entendemos algo, con las puntas de los dedos de una mano tocando la punta del pulgar de la misma mano. El ocho es una pistola, con el pulgar y el índice extendido, y el nueve es una especie de garfio. Finalmente, el diez es un puño cerrado o una X formada por los dedos índices de cada mano.

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En fin. Ahí estaba yo, tratando de encontrar la salida de la estación de Guilin cuando un chico rubio de ojos muy azules me tocó el brazo. Durante un segundo pensé (realmente pensé) que ese chico rubio me iba a invitar una cerveza, después a cenar, después se iba a casar conmigo y que íbamos a tener media docena de hijos rubios de ojos claros. Pero a espaldas del rubio había una gran superficie reflectora que me devolvía mi propia imagen y tenía pinta de haber sobrevivido a una catástrofe natural. No sólo por las ojeras, el acné adolescente y el pelo sucio atado en un rodete desprolijo, sino también por el jean agujereado (que en ese momento no estaba de moda, salvo entre los sin techo y los adictos al crack) y la mochila de 14 kilos encorvándome la espalda como un signo de interrogación.

Era evidente que el rubio no quería invitarme a salir, sino preguntarme dónde estaba la parada de ómnibus. Le indiqué en mi guía cuál era el caracter para la palabra “bus”.

-“Tenés que seguir los carteles que tengan el dibujo del colectivo o este signito asi” -le dije señalando el dibujo de líneas entrecruzadas que no tenía ningún sentido para mi.

El suizo (era suizo) me agradeció y cuando se puso la mochila al hombro me dijo:

-“Bueno, ¿vamos?”

-“¿Perdón?”

-“No pensabas quedarte en Guilin, ¿no? Me dijo con un tono de voz medio sobrador.

Por supuesto que mi plan era quedarme en Guilin y hacer el paseo en bote por el río Li, incluido en mi riguroso itinerario por estar altamente recomendado en mi guía.

– “Si, me quedo acá” le contesté ofendida.

El suizo cerró los ojos y negó con la cabeza:

– “No. No querés hacer eso. Guilin es una ciudad para viejos. Vas a venir conmigo a Yangshuo. Te prometo que no te vas a arrepentir”.

En ese momento dudé, porque no quería profanar el itinerario (que tanto me costó armar) en la primera ciudad que pisaba. Quería por lo menos tratar de respetarlo una semana o dos antes de aceptar que nunca en la vida iba a poder respetar ni siquiera un simple itinerario de viaje.

El suizo debe haber percibido algo de mi debate interno, porque me dijo:

-“Mirá. En Yangshuo vas a ver el espectáculo más increíble que vas a ver en tu vida. No vas a querer irte nunca. Pero si estoy equivocado y no te gusta la ciudad, yo mismo te pago el pasaje de vuelta a Guilin”.

No tuve mucho tiempo de cuestionarme, sacar mi cuaderno, revisar mi presupuesto y hacer los cambios correspondientes en mi itinerario porque el suizo ya estaba negociando el precio de los pasajes con el conductor del ómnibus. La negociación era completamente silenciosa y consistía en brazos agitándose en el aire, manos que se cerraban y se abrían y dedos que se movían creando formas extrañas. La escena parecía sacada de una película de Chaplin. Finalmente pagamos un total de cinco dólares por los dos pasajes y nos sentamos en los primeros asientos del ómnibus de dos pisos para tener una mejor vista.

Sin embargo, yo estaba más interesada en la historia de vida del suizo que en el paisaje impresionante que se dibujaba frente a mis ojos. Ese rubiecito de apenas 30 años había decidido ser fotógrafo antes de terminar el colegio. Se compró su primera cámara con 17 años y se fue a pasar un verano a Disney, Estados Unidos, donde trabajó sacando fotos de turistas con Mickey Mouse. Fruto de ese trabajo que no le daba mucha satisfacción pero si bastante plata, pudo dedicarse a viajar por el continente Americano de norte a sur, haciendo trabajitos de fotografía aquí y allá. Cuando llegó hasta el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia Argentina (“Uno de los lugares más fotogénicos que vi en mi vida”) decidió volver a su Suiza natal, a la casa de sus padres, con quienes no hablaba hacía más de dos años. Como era de esperarse este suizo devenido en nómade no logró acostumbrarse a la vida sedentaria. Tres semanas después de haber vuelto a Suiza, armó su mochila y no volvió nunca más.

China había sido uno de sus primeros destinos y, como yo, también había llegado a Yangshuo de casualidad. No sin cierta soberbia me dió a entender que era un fotógrafo muy solicitado, que las revistas para las que trabajaba le pagaban todos los gastos y le compraban las fotos a buen precio. Esa era la tercera vez que tenía la oportunidad de visitar Yangshuo, que se había convertido en su ciudad preferida en el mundo. Yo estaba ansiosa por llegar.

El ómnibus paró en el medio del campo y tuvimos que caminar hasta el centro. Yangshuo es una ciudad pequeña para los parámetros Chinos: con 300 mil habitantes, queda en el estado de Guanxi, a orillas del Rio Li, al sur de la turística Guilin. La región tiene más de 1400 años de historia, pero las hordas turistas empezaron a llegar recién en 1980, cuando la guía Lonely Planet reveló el secreto de su belleza.

Mientras nos adentrábamos en el pueblo miraba las casitas de techo amarillo amontonadas al margen del río, las calles de tierra roja, las viejitas de piel arrugada y los pájaros negros posados en los barcos, todo bañado por la luz cetrina del atardecer; y me pareció estar dentro de un cuadro impresionista.

Yangshuo

El suizo ya había empezado a trabajar y el único sonido que se escuchaba además del viento silbando en las montañas era el “click click click” de la cámara de fotos.

-“Yo me voy a quedar acá” dijo cuando pasamos frente al único hotel de lujo de la ciudad. Como una noche en ese hotel costaba mas o menos lo que yo había calculado gastar en los próximos dos meses, dejé al suizo ahí y me fui a buscar un hostel. Le prometí que apenas consiguiese un lugar para dormir, iba a volver a darle mi dirección para que sepa donde encontrarme.

-“Mañana te despierto temprano” me dijo. “Y vas a entender por qué me gusta tanto Yangshuo”.

El suizo desapareció por la puerta giratoria y yo me dispuse a encontrar un hostel antes de que mi columna colapsase bajo el peso de mi mochila.

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4 Comments Add yours

  1. teodelinab says:

    Me quedé con muchas ganas de seguir leyendo! Espero ansiosa la parte dos de Yangshuo.

    Liked by 1 person

    1. Gracias Teodellin!!

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  2. pamelamed says:

    Muy interesante! Quiero la segunda parte ya 🙂

    Saludos!

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    1. Muchas Gracias Pamela! Espero cumplir con tus expectativas! 🙂

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