Suzhou, la revancha

Una fortuita alineación planetaria hizo que mi viaje épico por China coincida con el viaje épico por China de mis abuelos. Ellos habían arrancado desde Kuala Lumpur y ya estaban viajando por Asia hace varias semanas mientras yo abusaba de la hospitalidad de mis tíos. El punto de encuentro, por lo tanto, sería en Shanghai.

Mis abuelos no son exactamente abuelos “normales”: en vez de leerme cuentos me enseñaban a catar vino, y en vez de comprarme juguetes me enseñaban a pescar o a cocinar. Tal vez precisamente porque no son abuelos “normales”, encontrarme con ellos en China era lo mejor que me podría haber pasado.

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Pero tal vez precisamente porque no son abuelos “normales”, se aburrieron de Shanghai al tercer día y empezaron a investigar las afueras de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, se dejaron seducir por el slogan “en el cielo el paraíso y en la tierra Suzhou”.

Yo ya les había contado mi experiencia con los honeybuckets, con los palitos y con los olores misteriosos que manaban del río, pero al parecer ellos estaban determinados a vivir la experiencia en carne propia. Como no confiaban (y con mucha razón) en mis habilidades como guía turística reservaron tres lugares en un tour multitudinario que partía a la mañana siguiente.

Un minibus lleno de gringos salió de Shanghai a las 9 de la mañana y yo, mirando por la ventana, pensaba que este viaje iba a ser trágico. Me imaginaba que todas estas personas iban a escandalizarse ante la falta de tenedores, que iban a querer reclamar la plata del tour y que la guía se iba a negar, entonces no les iba a quedar otra alternativa que prender fuego el minibus en modo de protesta, dejándonos a todos varados en Suzhou para siempre.

Mi abuela me sacó de ese ensueño apocalíptico cuando llegamos a destino. Como quién está esperando ver manzanas y se encuentra con bananas, levanté la vista y me enfrenté a un pintoresco puñado de casitas estilo oriental, con techos de teja dorada, roja o negra; reflejándose en el rio tranquilo y limpio que corta la ciudad a la mitad.

– ¿Ya llegamos? Pregunté confundida.

Si, ya estábamos en Suzhou. La parte turística de Suzhou.

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Después de un breve recorrido por esa pequeña burbuja idílica de calles, casas y puentes perfectos, fuimos a almorzar. Había un menú en inglés y tenedores en todas las mesas. En el baño, un fino espécimen de loza blanca igualito al de mi casa. No había por qué alarmarse.

Después de almorzar comida “China” como la que se come en cualquier restaurant de cualquier otro país excepto China, la guía anunció que nos esperaba un paseo en góndola. Me pareció que la ciudad había sido bautizada “la Venecia del este” mucho antes de que aparecieran las góndolas y que éstas se habían instalado para no desilusionar al viajero. Había tantas que se producían pequeños embotellamientos y los gondolieri se empujaban unos a otros con los remos para desatascarse.

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Los turistas nos agolpábamos en el muelle para ir subiendo a las góndolas, y éstas se alejaban dando marcha atrás cuando terminaban de cargar a sus pasajeros. Nosotros éramos los próximos. Cuando nuestra góndola golpeó contra el muelle, el gondolieri se acercó para ayudarnos a subir. Calculé que debería tener entre mil y mil quinientos años de edad porque era más flaco que un junco, le faltaban todos los dientes y estaría necesitando un bidón de botox para disimular las arrugas. Pero las apariencias engañan y nos exponen a lo extraordinario. Asi,  una vez que todos estuvimos arriba de la góndola y ésta se alejó considerablemente de la orilla, el gondolieri de 1500 años empezó a cantar.

Al principio nos sobresaltamos porque el sonido que salía de la garganta de ese señor se asemejaba a la bocina de un buque. Yo creo que cuando pasa algo que ni en un millón de años te esperarías que pase en ese momento, es casi inevitable que tu orden mental se desmorone y pienses en cosas insólitas como que te está por atropellar un buque. Recién cuando el gondolieri entonó la segunda nota de su melodía nos dimos cuenta que no había ningún barco de grandes dimensiones a la vista, aunque creo que en ese momento hubiese preferido que me pase el Titanic por arriba a seguir escuchando la voz de ese buen hombre.

Es que la voz de este señor era insoportable, una maraña de sonidos que en vez de conformar una canción, parecían interpretar la pelea entre una garza y un rumiante. Mi abuelo nos contó que los cantantes de opera chinos tienen voces muy especiales que en general sólo son agradables al oído de sus coterráneos o de la gente muy entendida. Aparentemente son tan pocos los occidentales que pueden tolerar las auténticas óperas Chinas que si yo hubiese querido asistir a la ópera, me hubiesen ubicado estratégicamente a los laterales del escenario en caso quiera huir como rata por tirante a la mitad de una función.

De todas maneras, nuestro gondolieri estaba a años luz de ser un cantante de ópera. Me estaba haciendo sufrir. Mi abuela y yo nos miramos, tratando de adivinar en los ojos de la otra quién iba a ser la primera en saltar al rio. El único que escuchaba sonriendo, con las manos sobre las rodillas y sentado de espaldas al gondolieri era mi abuelo. De cara al sol y ojos cerrados, parecía estar escuchando una opereta de Mahler o Las cuatro estaciones de Vivaldi.

Me avergoncé un poco de mi ignorancia y traté de encontrar algún sonido que me resulte agradable al oído, pero me era muy difícil no juzgar esa serenata con los preceptos de mi propia concepción de belleza. Me di cuenta que lo único que venía haciendo desde que había aterrizado en China era querer trasladar mi cultura a todo lo que tocaba, en vez de buscar la belleza en lo diferente. Sin querer, mi abuelo me enseñó una regla que me acompañó en mi viaje por China y que aún recuerdo cada vez que viajo: “hay que adaptarse al contexto cultural que nos rodea”.

Ahí estaba yo, pegándome con el látigo invisible de la culpa y admirando la tolerancia intercultural de mi abuelo, cuando lo veo abrir los ojos y sacar su billetera. Lentamente buscó entre los billetes un par de yuanes, los dobló por la mitad y se los extendió al gondolieri mientras asentía con la cabeza como diciendo “gracias, es suficiente”. Se hizo un silencio. El hombre sonrió con su boca sin dientes, agradeció llevándose la mano al pecho y no volvió a emitir sonido hasta que nos bajamos de la góndola, 40 minutos mas tarde.

Mi abuela y yo no lo podíamos creer.

-Bueno, tampoco vinimos a pasarla mal, ¿no? Dijo mi abuelo.

Corregí, entonces, la moraleja que acababa de aprender: “Hay que adaptarse al contexto cultural que nos rodea, pero tampoco vinimos a pasarla mal”.

A partir de ese momento, Suzhou dejó de parecerme el infierno en la tierra para convertirse en un punto de inflexión en mi viaje, cambiando mi manera de viajar y de pensar. Por esta y muchas otras razones, encontrarme con mis abuelos en China fue lo mejor que me pudo haber pasado.

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