El Suzhou auténtico

Una semana después de mi primer encontronazo con la cultura oriental ya me movía por Shanghai como pez en el agua. Había aprendido a decir “por favor”, “baño”, “cerveza” y  “arrolladito primavera” en chino; por lo tanto, consideraba que todas mis necesidades primarias estaban cubiertas. Ya estaba lista para dejar la casa de mi tío Miguel y vencer el miedo a lo desconocido, esa barrera invisible que me retenía en Shanghai. No veía la hora de pedir un baño, una cerveza y un arrolladito primavera por favor en todos los rincones de China.

Es por eso que un día, después de prepararme mentalmente durante todo el desayuno, armé una pequeña mochilita y me tomé el metro hasta la estación de tren. Mi destino era Suzhou, una ciudad cerca de Shanghai que Marco Polo apodó “La Venecia del Este”. Vale aclarar (y quiero hacer mucho énfasis en la siguiente afirmación) que Suzhou no tiene ningún tipo de parecido con Venecia, salvo tal vez por sus gondolieri, pero ya voy a llegar a esa parte de la historia. Por el momento sólo voy a contar que había sido ingenuamente seducida por las palabras de Marco Polo y de un viejo proverbio que dice: “En el cielo el paraíso y en la tierra, Suzhou”. No creo que exista un slogan más marketinero que ese.

Llegué a la estación de Shanghai y saqué el boleto más barato sin saber que los boletos de menor categoría no tienen asientos asignados. En el pasaje estaba especificado, pero en ese momento, el nivel de dificultad que representaba la lectura de un boleto de tren equivalía al de tratar de armar un rompecabezas con los ojos vendados arriba de un zamba. Por lo tanto, veinte minutos más tarde estaba maldiciendo mi suerte, viajando en el tren hacia Suzhou, apretada como una sardina entre transpiración ajena, escupitajos y humo de cigarrillo.

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Cuando me bajé del tren me tuve que tomar un colectivo hasta la Montaña del Tigre, donde me habían comentado que estaba la parte más turística de la ciudad.

-“Te bajás ahí en la parada de la montaña y salís caminando para la derecha” me habían dicho.

Yo me bajé ahí en la parada de la montaña y salí caminando para la izquierda.

A medida que recorría la ciudad buscando aquello que tanto le había gustado a Marco Polo, noté que las calles se volvían cada vez más angostas, las casas más precarias y el olor del río más intenso. Supe que estaba perdida cuando me di cuenta que hacía más de una hora que no veía un gringo con riñonera.

Como no tenía un mapa de la ciudad o un teléfono inteligente para pedirle indicaciones, tuve que recurrir al método ancestral de la interacción humana. El problema es que tampoco había muchos humanos a la vista. Después de caminar unos veinte minutos con sol del mediodía perforándome la nuca llegué a una casa que, en lugar de puerta, tenía una cortina de flecos de plástico. Me acerqué entre tímida y curiosa, corriendo la cortina con una mano y metiendo la mitad de la cabeza adentro. Antes de que mis ojos pudieran explicarle a mi cerebro que lo estaban viendo era evidentemente un restaurant, mi nariz ya le había indicado a mi estómago que podía empezar a rugir. El olor a pescado asado que brotaba de esa cocina era increíble.

Entré al lugar como si fuera mi casa y me senté en una mesa con el coraje y la caradurez que nacen de un estómago vacío. Una chica muy joven me saludó con una leve inclinación de cabeza y se sacó  del bolsillo un papel arrugado escrito a mano, en chino, en donde había unos cinco ítems. Deduje que eso era el menú. Medio enserio y medio en broma me puse la palma de una mano sobre los ojos, y después de dar unas vueltas en el aire con el dedo índice de la otra mano, lo apoyé al azar en uno de los ítems. Después me destapé los ojos y miré lo que había “elegido”. La chica soltó una carcajada y me empezó a explicar algo en esa lengua incomprensible. Yo la miraba con los ojos muy abiertos, sufriendo internamente porque en toda esa explicación no había escuchado ni una sola vez las palabras “cerveza”, “baño” o “arrolladito primavera”. Nos miramos un segundo en silencio. La chica suspiró, me agarró del brazo  y literalmente me arrastró hasta la cocina del restaurant.

Pasamos por atrás de los dos cocineros que cortaban, picaban, deshuesaban y asaban sin parar; y nos detuvimos frente a dos piletones de plástico repletos de peces que nadaban de un lado a otro. La chica, que seguía estrujándome el brazo, me señaló uno de los piletones. Evidentemente tenía que elegir el tipo de pez que iba a comer. Señalé un pescado cualquiera que ni se inmutó cuando la chica lo pescó de un manotazo y lo tiró al piletón de los condenados. Después me llevó a la mesada donde estaban las verduras y yo señalé algo que parecía un repollo. Pasamos por atrás de las hornallas y la chica señaló la olla con arroz. Yo decía a todo que sí. Después me llevó a la mesa y le pedí agua fría, pero me trajo un vaso de te caliente. Hacían 450 grados a la sombra.

No tuve que esperar mucho para que saliera el pescado: en un plato largo me habían puesto el bicho entero, cola y cabeza incluidas, sobre una cómoda cama de arroz y la verdura que parece un repollo. La chica me puso el plato delante con mucha reverencia y yo se lo festejé con un “ohhhhhhhh” del tamaño de mi apetito.  Fue ahí que tanteé instintivamente los costados del plato buscando los cubiertos y en su lugar me encontré con un par de palitos chinos. Los palitos. Yo no sabía comer con palitos, y en Shanghai nunca tuve ningún problema porque la gente siempre tiene a mano un tenedor para darle a los extranjeros inútiles como yo. Saqué mi cuaderno y dibujé un tenedor, pero evidentemente en la parte no-turística de Suzhou los tenedores son objetos inútiles y exóticos, como los casettes o los teléfonos públicos.

Tratando de explicarme

Mientras yo consideraba la opción de meter la cara en el plato y comer como un caballo, la chica se acercó rapidamente y me cortó el pescado en cuadrados perfectos, usando los palitos como si fuesen dos tramontina dentados. Magia. Después era simplemente cuestión de pinchar los pedacitos de pescado con un palito y hacer cuchara con los dedos de la otra mano para comer el arroz. A pesar de todos mis esfuerzos, entre el plato y mi boca se había formado un agujero negro que succionaba la mitad de todo lo que conseguía cargar en los palitos. Y cuando la chica vió que había más comida sobre mi falda que en el plato, se apiadó y se sentó al lado mío. Hablaba tan rápido que no podía distinguir si estaba articulando o zumbando, pero de todas maneras no le entendía una palabra de lo que me decía. Sin embargo, por el tono de voz, el lenguaje corporal y todos los otros elementos paralingüísticos que permiten la sociabilización, me di cuenta que la chica me quería enseñar a comer con palitos chinos. Me los acomodó entre los dedos, y me indicó que haga presión para trabar el palito de abajo. Los dos palitos volaron por el aire. Segundo intento. La mitad del arroz fue a parar afuera del plato. Tercer intento. Me salpiqué todo el pantalón con la verdura que parece un repollo. La chica me seguía mirando y cada tanto me reacomodaba los dedos. Hasta que de repente, casi sin darme cuenta, estaba comiendo pescado con palitos chinos. Un éxito. Aunque tenía la misma gracia para comer que un rinoceronte, sentía que mis habilidades de supervivencia habían evolucionado.

Cuando terminé de comer pedí la cuenta (con el gestito universal de la cuenta) y después de agradecerle a mi amiga (ya éramos amigas) por toda su ayuda, le pregunté si podía pasar al baño. Mi amiga me señaló una cortina de flecos de plástico como la de la entrada. Corrí la cortina esperando encontrar una puerta que separase el comedor del “baño”, pero en su lugar encontré un tacho de plástico con una bolsa y una tabla con tapa muy parecido a esto:

Honey_bucket

No quiero entrar en detalles pero el aroma que salía de ese minúsculo recinto (ubicado preocupantemente cerca de la cocina) era similar al de un basurero lleno de zorrinos en donde se curte cuero y se fabrica compost. En ese momento la inspiración se desvaneció como si todos mis órganos internos estuviesen hechos de gomaespuma. Esa fue la primera de muchas experiencias con un “honeybucket” (el mejor eufemismo que escuché en mi vida), un tipo de inodoro que se usa en los lugares en donde no hay cloacas. Aunque aparenta ser un sistema primitivo, los honeybuckets están muy bien regulados por el servicio social, que los recolecta todas las mañanas para desecharlos de la manera más higiénica posible. Sin embargo, supuse que el olor del río podría estar ligado a la ineficacia del sistema o a la impaciencia de la gente.

De cualquier manera salí del baño verde como una hoja y caminé rauda hasta la estación de tren, dudando de la veracidad de todo lo que dijo Marco Polo en su vida. Saqué mi boleto (que ya sabía leer mejor que el abecedario) y volví con el rabo entre las piernas a la casa de mi tío Miguel.

-“Nunca más voy a volver a Suzhou” Pensé mientras el tren se alejaba de la estación. Pero afortunadamente estaba equivocada.

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2 Comments Add yours

  1. teodelinab says:

    El que lo bautizó con el nombre “honeybucket” no tiene derecho! Ja jaa. Ni hablar del que lo inventó. Nunca más me quejo de los baños químicos de los recitales!
    Muy buen relato! Espero la vuelta a Suzhou.

    Liked by 1 person

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