Trampa turística

Después de haber pasado una noche durmiendo en una cama redonda y escuchando una batería de sonidos que lamentablemente voy a tardar mucho en olvidar, salí del hotel con mi mochila al hombro saludando alegremente a la perpleja recepcionista. Por suerte ya tenía donde pasar mi segunda noche: la casa de mi tío Miguel, que en realidad es mi tío segundo o tercero y a quién aún no conocía. Miguel vivía en Shanghai con su familia y salió a mi rescate ofreciéndome un techo para los próximos días. Me pasó el nombre de la calle y el número de su casa pero me dijo que, como la calle no era muy conocida, me tome un taxi hasta la Plaza Popular y desde ahí podía empezar a preguntar por la calle.  Lo que Miguel no sabía era que tomarme un taxi no estaba en mis planes por dos razones: la primera, por supuesto, tenía que ver con mi situación financiera. Cuando empecé a “planear” mi viaje a China no hice ningún tipo de cuenta ni aproximación (la palabra “planear” es un poco fuerte, mis “planes” son más bien flechitas en un mapa)

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Mi muy completo itinerario

_DSC0295Tenía 1500 dólares en efectivo atados a la cintura en una de esas riñoneras para esconder plata y estaba determinada a hacerlos durar el mayor tiempo posible. Un taxi representaba un 80% de mi presupuesto diario. La segunda razón por la que no me iba a tomar un taxi estaba relacionada con mi afán por “mimetizarme con los locales”, “empaparme de cultura popular” y todas esas ideas románticas que uno tiene a los 19 años. En fin. Salí del telo con mi mochila al hombro e ingenuamente le pregunté a un hombre que esperaba en la parada del colectivo: “Señor, me podría decir por favor en qué parte de la ciudad estoy?”. El señor me escrutó con la mirada, escupió y procedió a ignorarme.

A pocas cuadras entré en un Mc Donald´s donde una chica de pelo muy lacio me explicó con lujo de detalles y en perfecto inglés que estaba en la otra punta de la ciudad y que me tenía que tomar tres colectivos para llegar a la plaza popular. Me anotó en una servilleta de papel el nombre de la plaza en caracteres chinos, por si me perdía en el camino. Salí de ahí flameando la servilleta muy agradecida y me fui a la parada del primer colectivo. Cuando subí, más de 15 pares de ojos se posaron en mi redonda mirada occidental. Nunca me había sentido tan consciente de mi presencia en un lugar, pero pude pagar sin problema los 2 yuanes que salía el pasaje y viajé casi una hora hasta hacer el transbordo con el siguiente colectivo. La escena se repitió en el segundo colectivo. La gente me miraba como si tuviese un koala tatuado en la cara. Me bajé en mi parada y le pregunté a un turista como llegar a la plaza. Me mostró en el mapa que estaba a unas 12 cuadras y decidí caminarlas, solamente para evitar esas miradas incómodas.

Estaba en el Bund: la zona de edificios que se extiende a orillas del rio Huangpu y que ostenta varias construcciones emblemáticas de la etapa colonial europea. Del otro lado del río, cara a cara con su pasado colonial, se levanta el casi futurístico distrito de Pudong.

The Bund
Pudong y la Perla Oriental

Me pasé un buen rato dando vueltas de 180 grados para ver los edificios del año 1900 transformarse rápidamente en construcciones que parecen inspiradas en un libro de ciencia ficción. De hecho, toda la línea del horizonte en Pudong parece holograma, como si la imaginación estuviese proyectando su idea de “futuro” sobre el río. Estaba fascinada con esa imagen, especialmente con la Perla Oriental: una antena de televisión de 468 metros de altura que tiene varios miradores y un restaurante giratorio. No sabría como describirla, porque no “tiene forma de…” nada; y tampoco entiendo mucho sobre estética oriental. Lo único que sabía en ese momento era que me urgía subir hasta la punta de la Perla Oriental. Mi meta ya no era llegar a lo de mi tío Miguel, sino cruzar el río para poder subir a la torre. Todo lo demás podía esperar.

Lo que vino después de haber tomado esa decisión fue muy interesante. Un turista Norteamericano me recomendó efusivamente me tome el Bund Sightseeing Tunnel, que atraviesa todo el río por abajo del agua y es mucho más divertido que cruzar por el puente. El nombre del Bund Sightseeing Tunnel me parecía un poco contradictorio, ya que raras veces se puede apreciar una vista (“sightseeing”) desde un túnel, especialmente si ese túnel pasa por debajo del agua. Pero en ese entonces yo era joven y despreocupada, tal vez hasta un poco ingenua, y pensé que a lo mejor se trataba de un túnel transparente que me iba a permitir apreciar la fauna y flora del río Hunagpu.

Error.

Pagué 40 yuanes (unos 6 dólares) y me subí a un vagón con otras cinco personas donde reinaba un silencio expectante. De fondo sonaba una melodía al mejor estilo película futurista de los 80 muy clase B. Cuando el carrito empezó a moverse, la música se volvió más intensa. Una voz masculina en off dijo “shining stars” (¿?) y una voz en off femenina dijo algo en chino, que (supuse) era la traducción de “shining stars”. Las paredes de los costados estaban iluminadas con miles de luces parpadeantes, de esas que ponemos en el arbolito de navidad, que se prendían y apagaban al ritmo de la música.

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El Bund sightseeing Tunnel

Nos encontramos ahora frente a un telón en donde se proyectan imágenes de lo que parece ser lava, o la superficie de algún planeta. La voz en off dice: “Heaven and Hell” con un efecto cavernoso. Nada tiene que ver con nada. Las imágenes ahora muestran peces proyectados en la pared. La música futurista sigue taladrándome los tímpanos.  De repente, una fila de muñecos inflables como  los que hay en algunas gomerías del interior desfilan frente a los pasajeros con movimientos espasmódicos. Las luces cambian de color y giran, dándonos la impresión de estar cayendo en un pozo. Para finalizar, una fila de luces intermitentes que me dejaron ciega durante 5 segundos hasta que la puerta se abrió y me pude escapar de ese tren fantasma. La gente que venía conmigo estaba igual de estupefacta: un padre con su hijo que tenía la mandíbula fláccida del asombro y tres adolescentes que, superada la primera impresión, empezaron a reírse descontroladamente y siguieron riéndose hasta que los perdí de vista.

Lo malo es que después de ese viaje del terror, la subida a la Perla Oriental pasó a un segundo plano. Muy lindas las vistas 360 de la ciudad, el piso de vidrio y el infaltable cuadrito que indica a qué distancia nos encontramos de las grandes ciudades del mundo. Pero yo no podía dejar de pensar en el turista que me recomendó este paseo lisérgico. Me lo imaginaba llorando de la risa en algún lugar de Shanghai, consiente de haber hecho una maldad y disfrutando cada segundo de mi caída en esa trampa para turistas.

Shanghai oriental pearl
Vista desde la Perla Oriental

Acá comparto una breve filmación del Bund Sightseeing Tunnel. La filmación no es de muy buena calidad pero sirve para tener una idea:

Y esta soy yo fascinada con el contraste entre Pudong y el Bund:

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