Del aeropuerto a quién sabe dónde

La meretriz de oriente, el París del este; ciudad de nuevos ricos, de plata mal habida, de indigentes y prostitutas. Se llama Shanghai y ostenta unos 20 millones de habitantes en 6300km.

Para llegar a Shanghai desde Hong Kong me tuve que tomar un avión que rebozaba de gente eructando, roncando y escupiendo. A su vez, el vuelo estaba musicalizado por una orquesta de bebés llorando y mi vecina de asiento era una mujer que tenía la vejiga del tamaño de un maní, por lo que cada cinco minutos me despertaba para que la deje pasar al baño. Le ofrecí cambiar de asiento para evitar que me pegue un carterazo en la cara cada vez que se levantaba, pero me miró como si me hubiese descubierto vendiendo drogas en un jardín de infantes. Interpreté eso como una negativa y me dispuse a pasar las casi tres horas de vuelo que me quedaban empapándome de la cultura local. Llegué a Shanghai al borde de un ataque de nervios, sin imaginarme que lo peor estaba por venir.

Lo único bueno de estar viajando sola y de no tener a donde ir es que podía ir a cualquier parte, asi que me fui a una parada de colectivos y le pregunté a uno de los cobradores cómo llegar al centro. Por supuesto que no me entendió y al parecer tampoco tenía muchas ganas de cooperar. Me terminé subiendo al primer colectivo que salía. Eran las 12 de la noche y a medida que avanzabamos se iban apagando las luces de la ciudad. No me pareció que sea una buena señal, pero estaba tan cansada que me quedé dormida.

Un tiempo después sentí algo perforandome las costillas. El conductor me estaba tratando de despertar picandome con el dedo índice. Eran las 2:30 de la mañana. Empecé a caminar  por lo que parecía ser un barrio residencial fantasma con una mochila de 14 kilos al hombro y muerta de sueño, buscando desesperada un lugar a dónde me pudiese tirar a dormir. De repente, un cartel de neón que titilaba a unas dos cuadras de distancia me hizo apurar el paso: era un hotel.

Mi alegría se disipó un poco cuando crucé la puerta y la mujer que estaba sentada en la recepción casi se cae de la silla. Me miraba como si la estuviese apuntando con un revolver y movía frenéticamente la cabeza para un lado y para el otro en una clara señal de negación. A pesar de ese amable recibimiento me acerqué los cinco pasos que me separaban del mostrador y pregunté por el precio de las habitaciones. Se notaba que la recepcionista estaba tratando de explicarme algo. “Tal vez no tienen cuartos libres” pensé, pero las veinte llaves colgando en el panel de madera atrás de la recepción me confirmaban lo contrario. Había algo en la comunicación que estaba fallando. Entonces revolví mi bolso hasta encontrar una birome y en el dorso del boleto de colectivo hice un dibujo bastante burdo de una mujer-palito durmiendo en una cama al pie de una ventana de donde se veían la luna, las estrellas y un cartel que decía “hotel”.

La mujer miró el papel y volvió a negar con la cabeza, esta vez con cara de lástima. Yo no me quería rendir. Empecé a hacer una dramatización en donde el boleto de colectivo hacía las veces de llave y yo le daba vueltas en una cerradura imaginaria y girar un picaporte suspendido en el aire para entrar felizmente a un cuarto invisible. Nada. La negativa insistente de la mujer, las mil horas de vuelo y las 3 de la mañana me hicieron saltar las lágrimas. La recepcionista se quedó callada y me agarró la mano. Con la otra mano me hizo el gesto de “esperá un poquito” y sacó una calculadora. La ví sumar cinco números y me anotó una cifra en un papel. Después señaló el número 8 en el reloj, dándome a entender que tenía que dejar el cuarto a esa hora. Agradecida, pagué la cifra y subí.

En el ascensor empecé a notar que algo andaba mal, pero todo se aclaró cuando entré al cuarto. Cuando abrí la puerta busqué instintivamente el interruptor de la luz, pero no era necesario porque una tenue luz roja iluminaba todo. La cama era redonda, había un jacuzzi en el medio del cuarto y dos preservativos en la mesa de luz.

Claro.

La recepcionista estuvo todo ese tiempo tratando de explicarme que el precio no era por noche, sino por turno. Y asi fue como pasé mi primera noche en China durmiendo en un telo.

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